Los molinos de viento del parque eólico de la sierra del Tallat, entre las provincias de Tarragona y Lleida, pueden verse a más de 20 kilómetros de distancia. Los 33 aerogeneradores, con torres de 80 metros de altura y palas de 35 metros, aparecen en el horizonte como diminutos ventiladores de feria. Pero, de cerca, son gigantes reales. La puerta de entrada a la torre eólica permite ver una estancia con las dimensiones de una acogedora sala de estar. Y arriba, a 80 metros de altura, la góndola alberga a dos operarios de mantenimiento. Mirando al cielo desde la base, las palas parecen tragarse las nubes sin apenas hacer ruido. Los molinos de viento son el símbolo del petróleo español y se han convertido en el motor de arranque de la exitosa industria nacional de las energías renovables.
No hace ni quince años, la energía eólica era vista en amplios sectores como una propuesta utópica. Pero hoy es clave para el suministro eléctrico. En España hay cientos de parques eólicos (16.549 MW de potencia, la séptima parte de todo el mundo). El año pasado aportaron el 12% de la electricidad.
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