En pocos lugares como en Asturias pueden palparse las brutales heridas negras del carbón, mermadas con la humareda que brota día y noche de las monstruosas centrales térmicas. En pocas regiones como en Navarra podemos otear un horizonte muy diferente, moteado de turbinas eólicas y placas fotovoltaicas. Asturias y Navarra libran un pulso silencioso en Ebensburg (Pensilvania).
Las minas a cielo abierto, el trasiego constante de camiones y las cuatro chimeneas en acción eran hasta hace poco la única seña de identidad del pueblo de tres mil almas. A lo lejos, despuntando en un mar muerto de montañas descerrajadas, se levanta desde hace dos años el primer parque eólico de la zona, gentileza de Gamesa, que decidió echar raíces en el valle del carbón.
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