Cuando visitamos cualquier playa durante los meses de verano, el azul del mar y la afluencia de turistas pocas veces dejan entrever el drama al que se enfrentan parte de las costas de todo el mundo, y el principal detonando procede de la arena. Considerado ya como el segundo recuerdo natural mas comercializado del mundo, el robo de arena de playa se ha convertido en uno de los grandes problemas del milenio.


Playas desnudas


Algunos lo hacen por la noche, cuando nadie les ve, apareciendo en lanchas o surgiendo de las montañas. Otros la roban en lugares de esa isla donde nadie les ve, aprovechando las cinco horas de marea baja para adentrarse en el mar y sustraerla en cubos. Algunos, directamente plantan camiones en la playa y comienzan a vaciarla todo lo que pueden. Sí, la arena se ha convertido en un bien muy preciado, quizás demasiado.

Las playas de Miami se recubren con arena traída del Caribe, los contornos de Baja California son saqueados para recubrir las costas de Europa, Dubai y su flamante archipiélago artificial The World se nutren de arena y piedras extraídas del fondo del mar. . . a pesar de seguir disfrutando de nuestras playas favoritas, éstas están más vacías, y algunas incluso han quedado tan desfiguradas que la ausencia de vida es palpable y la amenaza de los sistemas acuáticos una realidad.

La arena se ha convertido en el segundo recurso más demandado en el mundo solo por detrás del agua con 18 toneladas extraídas cada año de playas de todo el mundo, siendo Malasia o Indonesia dos de los países más afectados por esta nueva fiebre del oro, si bien otros como México, Cabo Verde o Marruecos no se quedan atrás. Un bien barato y versátil demandado especialmente por las inmobiliarias y resorts turísticos para recubrir sus espacios de recreo, además de su importancia como componente del hormigón, el mismo que recubre las calzadas de Alemania o los rascacielos de China.

Sin embargo, el problema del tráfico arena no solo conlleva un factor solamente estético, sino especialmente ecológico, ya que además de afectar a la vida animal y vegetal, las playas con arena ejercen un efecto barrera entre el mar y los ecosistemas de interior que, de verse aún más trastornado, podría reducir a cenizas parte de nuestros paraísos naturales.


Un problema silencioso del que convendría tomar conciencia antes de que, quizás, sea demasiado tarde para pasear por los bordes de la tierra.  

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